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Hasta que la Iglesia nos separe

1 sept
29 min de lectura

Actualizado: 20 sept


“Una sociedad que sacrifica a sus rebeldes, garantiza su paz pero sacrifica su futuro”.

(Mi papá no sabe de quién es la frase, pero cree que es de Anthony de Mello.)

Ya era hora de prender el radio y oír una buena noticia en este país. Después de un fin de semana de espanto, con cuarenta y siete muertos en Ciudad Juárez y once en otros estados, a media semana llegó un bálsamo: aunque ya se podía desde el 2009, la Suprema Corte dictaminó que las parejas del mismo sexo tienen todo el derecho de adoptar menores en el Distrito Federal. La nota dio para mucho chisme. Tuve la suerte de estar en el coche, transitando Patriotismo, para oír en vivo y en directo las primeras declaraciones del cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Iñiguez, cuando repetía insistentemente las palabras “vida”, “familia” y “valores” en medio de afirmaciones inauditas como que la ciencia ha comprobado que los niñitos se trastornan bajo la tutela de los gays, que Ebrard había comprado a la Suprema Corte, que el Maligno existe y el PRD es su manifestación, y que con sus iniciativas malignas del maligno a favor del aborto, la anticoncepción, etcétera, le hacen más daño a México que el narcotráfico. Alucinante. Dan Brown se queda tarado. El asunto, como todo el mundo sabe, ha derivado en un maratón de La novicia rebelde meets La ley y el orden. Ya se demandaron, ya se contestaron, ya se metió hasta el perico y quién sabe en qué acabe la cosa. Lo que está muy claro es que, de un tiempo para acá, la iglesia católica apostólica romana no deja de hacer el oso.

Por un lado, no debería sorprendernos. Eso es lo que hace la Iglesia, ese es su papel. Entrometerse, husmear, señalar con el dedo, condenar, ser los quitarrisas. La cosa es que esta vez se pusieron de pechito para contestarles.

Sólo por no dejar, ahí va el dato Wikipedia: A 2010, la adopción homoparental es un derecho reconocido en Andorra, Argentina, Bélgica, Canadá, Dinamarca, Guam, Islandia, Israel, Noruega, Los Países Bajos, el Reino Unido, Sudáfrica, Suecia, Uruguay y en ciertos territorios de Australia y Estados Unidos. En Alemania, Finlandia y Francia es legal la adopción del hijo del otro miembro de una pareja de hecho o unión civil. El primero que integró todos los derechos –matrimonio y adopción- fue España, en el 2005; cosa que podría sorprender viniendo de un país católico y franquista, pero que por otro lado no sorprende de un país que siempre se ha cagado en Dios. Lo que pasa en España es parecido a lo que pasa en la ciudad de México: un gobierno de izquierda que llega a promover leyes liberales y progresistas, dejando otros temas de orden básico pendiendo en el aire. No se me entienda mal. A mí me da mucho gusto que se aprueben leyes liberales y progresistas en esta ciudad. Pero en materia de empleo, justicia, educación y del ejercicio cotidiano de la ley, seguimos en el hoyo. Así que, señores legisladores y magistrados, vayan y metan su solicitud de adopción y luego pónganse a chambear, que falta mucho.

Dicho lo cual, antes de empezar con los catorrazos contra los representantes de Dios en la Tierra, vamos a palomear lo obvio. No todos los católicos son estúpidos. No todos los perredistas son malignos. Y seguramente, no todos los gays son buenos. Debe haber un montón de homosexuales aborrecibles por el mundo (aunque hasta ahora no conozco a ninguno), pero debe haberlos, seguro. Bossie, el amante de Wilde, por ejemplo, era un tipo despreciable. A ese yo no le hubiera dado ningún niño en adopción. Aunque era tan narcisista, tan cruel y tan egocéntrico que no se le hubiera ocurrido cuidar a nadie más. Rimboud y Verlaine estaban demasiado ocupados tomándose hasta el agua de los floreros y haciéndose pedazos para pensar en adoptar. De ahí en fuera, por más que lo intento, no logro pensar en ningún gay que me caiga mal o que no le haya dado algo a la humanidad.

En cuanto a los curas. No todos son cerrados, retóricos, aborrecibles, ratas, pederastas, hipócritas, rancios. Hay muchos que están por el mundo partiéndose el lomo en misiones, levantando hospitales, atendiendo niños abandonados y madres solteras, construyendo escuelas. En resumen, haciendo cundir su decisión de no haber tenido una familia propia para rifársela por el prójimo. Mis respetos. La cosa es que ellos no están enfundados en sotanas ni empachándose en cenas opíparas mientras discuten politiquerías viendo qué paja encuentran en el ojo ajeno y solapándose sus guarradas. Tienen demasiado que hacer.

Aclarado lo anterior, entremos en materia. “Vida”, “familia, “valores”: el terceto favorito en los discursos de los voceros de Cristo después de Padre, Hijo y Espíritu Santo y de Papá, Mamá, Hijitos. “La Vida”… ¡cómo se les llena la boca repitiendo esa palabra! Si de veras les preocupara tanto la vida, estarían allá afuera encabezando todas las cumbres y movimientos ambientales. Estarían plantando árboles, salvando ballenas en alta mar o rescatando bebés en las inundaciones, y no condenando a niñas de trece años a una maternidad desastrosa. A propósito de la vida, lo siguiente que yo les preguntaría a estos tipos es a qué hora han dicho algo de que en este país estén asesinando un promedio de cincuenta personas a la semana. Que se sigan matando y violando a destajo en tres cuartas partes del mundo. Pero no. Su única preocupación son los delitos que atentan contra la “perpetuación” de la vida. Es decir, con la azarosa excepción de la eutanasia, los delitos que involucran el sexo. Los anticonceptivos. La fornicación. El adulterio. La sodomía. Pero de veras obsesionados. Es repulsivo. Es ocioso, es perverso.

Segundo término favorito de los obispos, cardenales, arzobispos, presbíteros, diáconos y feligreses que los acompañan: “familia”. Para empezar, nunca he entendido qué tiene que decir de la familia un tipo que, de entrada, decidió que no quería tener una. Tan lejanos están estos personajes de la realidad de la gente, que pareciera que no tienen ni idea de que la familia, como tal, es una cosa que se da por pura suerte. Que el que haya un óvulo y un espermatozoide no es garantía de absolutamente nada. Mucho menos en tiempos donde óvulos y espermatozoides se guardan en congeladores, se inseminan en laboratorios y se implantan en vientres de alquiler. Y dejando a un lado la tecnología reproductiva, desde el principio de los tiempos, ese espermatozoide siempre pudo ser de alguien que no es necesariamente el “padre”. A veces es del tío. O del vecino. O del lechero. Se les olvida que cientos, millones de veces, esa madre pudo no estar. Se pudo morir, largar, desafanar. Y entonces la madre es la tía. O la comadre. O el hijo mayor. En mi infancia visitaba con frecuencia la casa de una amiga cuya familia siempre me sorprendió. Ella vivía con su tía abuela, a quien llamaba “mamá”; una tía, una prima, y su bisabuela octogenaria. En la casa de junto vivía su abuela con tres hijas solteras y un hijo también soltero: el padre de mi amiga. Todo funcionaba con relativa armonía. Es curioso que esta amiga se haya terminado casando con un judío. ¿Qué diría Freud? Otra amiga me contaba hace poco una historia increíble sobre su abuelo. A los nueve años era el jefe de la casa. Una casa donde vivían él, su abuela de 65 y su bisabuela de 80. Esa era la familia. Y es que LA familia, este concepto que la iglesia se empecina en catalogar de universal, no existe como tal. Claro como el día y la noche, como los callos. Hay tantas familias como grupos de rock. La mayoría tiene una guitarra y una batería; de ahí, las variables son incontables. Y ante esa realidad, nada compleja, nada filosófica ni ambivalente, esta gente parece estar cegada. Como dándose con un ladrillo en la cabeza asegurando que es un sombrero. La familia debería ser, cuando menos, el grupo de personas donde uno se siente protegido, del que se siente parte. Hay veces en que ni siquiera eso sucede. Hay gente que nace sin familia o que la que tiene es un horror, y se la tiene que buscar por su cuenta. En esta absurda necedad por la trinidad mamá/papá/hijos, a estos señores parece olvidárseles que la adopción no existiría ni siquiera como término si no hubiera gente que no quiere o que no puede conservar los hijos que engendra. Se les olvida su propia historia. ¿O me van a decir que todos los curas del mundo vinieron de familias "normalitas" y funcionales?

Otra cosa que es increíble de esta ignorancia y este desapego, casi diría esquizofrénico, de la realidad del mundo, es cuando los católicos escriben o hablan. Me metí, por puro morbo, a la página de Provida. El discurso pareciera coherente, pareciera articulado; pero repasando los párrafos uno descubre que es completamente hueco, sin sustento y sin puerto. El único “argumento” que encontré en contra de la adopción gay fue este asunto de la “discriminación” que ésta supone frente a las parejas de heterosexuales que llevan años tratando de adoptar. Un argumento infantil y vago por donde se mire, pero eso sí: aderezado al infinito con la multimentada palabrita ésta de los valores, que jamás explican. Tanto la repiten, que decidí refrescarme en la catequesis para recordar cuáles son esos mentados valores, y por qué en seis años en escuela de monjas, ninguno se me pegó. Después de navegar por varias páginas católicas, no encontré nada parecido a un listado, pero sí largas parrafadas de quejas contra la falta de valores en nuestra sociedad. Finalmente encontré este texto en catholic.net:

“Surgen así los valores cristianos que Cristo nos dejó
 consignados en su mensaje evangélico. 
Quizás su mejor resumen sean las bienaventuranzas que nos presentan una radiografía de lo que debería ser el corazón del hombre
 evangélico: la pobreza de espíritu, la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón,
 la búsqueda de la paz y de la justicia, la paciencia de frente a la persecución.

Junto a las bienaventuranzas, los Evangelios subrayan también la importancia de
 algunas actitudes que Cristo exige de sus discípulos: la fe, la confianza absoluta en la
 Providencia, la humildad, la sencillez, la capacidad de llevar la propia cruz, la abnegación, 
el perdón de los enemigos y, sobre todo, el amor mutuo que es el distintivo que caracterizará
a quienes quieran seguirle.”

Casi me voy de espaldas cuando veo que el autor de tan elocuentes palabras es nada menos que el padre Marcial Maciel, L.C. 

Creo que lo único que cumplió ese desgraciado fue lo de la pobreza de espíritu.

Ya entrada en gastos y por no dejar, hice un ejercicio. La generosidad, la consideración, la cortesía, la tenacidad, la persistencia, el trabajo, la tolerancia, el sentido de responsabilidad, la honestidad, el respeto, la apertura, la solidaridad, el no ser rencoroso (no sé si haya una palabra para eso); la amabilidad, la voluntad, la congruencia, el sentido del humor, la paciencia, el cuidado y la lealtad, son las cualidades por las que yo apostaría en un ser humano. (La palabra “valores”, para acabar pronto, me caga).

Tengo un amigo que ostenta cada una de estas cualidades en grado superlativo. Oscar forma parte de una familia no tradicional. Sus padres se divorciaron, se volvieron a casar y él vivió muchos años con su hermana. Tiene tías solteras, sin hijos, y otra con hijos adoptivos. También tiene dos medios hermanos. Y todos, del primero al último, se quieren. Profundamente, incondicionalmente. Oscar adora a sus sobrinos, y varias veces me ha dicho que resiente el no poder tener hijos. Sería un padre fabuloso. Lo malo es que ahora que podría adoptar niños en el Distrito Federal, vive en Australia. Y vive ahí porque este país no le daba lo que buscaba. Un vivir bien. Moverse con libertad y sin miedo, tener espacios urbanos y públicos funcionales, un sistema legal ágil, un gobierno ocupado en lo que tiene que hacer, una seguridad social que sí responde, un trabajo bien remunerado, donde no tiene que ocultar que es gay. Qué lástima.

Ahora, vamos a lo escabroso. ¿Por qué los homosexuales no pueden ser madres/padres? El argumento insoslayable de la iglesia y sus seguidores es que la homosexualidad es “anti natura”. ¿Qué diablos significa eso? Si tanto les molesta todo lo que no es “natural”, ¿por qué no se meten con las fibras sintéticas y la comida procesada? ¿Por qué no condenan los respiradores artificiales y las cirugías plásticas? Vamos a desglosarlo un poco. En el diccionario, la palabra “naturaleza” no tiene antónimo. Lo tiene la palabra “naturalidad”, cuyo antónimo es la hipocresía y la artificiosidad. Adjetivos que, por cierto, me sonaron muy adecuados para una institución que niega su propia naturaleza humana como punto de partida. María era virgen. Jesús no se murió. Desde ahí, jodido el asunto. Y los que quieran entrarle de lleno, castrados. Digo, castos. ¿Pero no era justamente esto de reproducirse y perpetuar la vida lo que más preocupa y atribula a los hombres de Dios? Sobre todo tomando en cuenta que la castidad no fue instituida sino hasta cuatro siglos después de la muerte Y resurrección de Jesucristo. Qué confuso, todo. Cuánta fe se necesita para entenderlo… A continuación, un dato sobre la sodomía que estoy segura que todos los hombres de Buena Voluntad ignoraban: el empleo alternativo de los orificios anatómicos no es exclusivo de los gays. ¡Oh! ¡Qué inmoral! Incluso es bien sabido que hay muchachitas católicas que en aras de seguir siendo “vírgenes”, le dan primero al de detroit. ¿Les parece perturbador? Pues esas son la clase de cosas que sus mensajes confusos y ambiguos ocasionan. Y el mensaje central es que todos nos vamos a pudrir en el infierno. Del primero al último. Porque incluso los niñitos que andan explorando y sintiendo rico en sus fufulines, están condenados porque resulta y resalta que el sexo y todo lo que tenga que ver con él, existe y sirve exclusiva y únicamente para PROCREAR, y cualquiera que no use el sexo para procrear va en contra de la naturaleza. (A todo esto… ¿qué tenía que ver la naturaleza con el infierno? Oh, qué misteriosas e insondables son las enseñanzas del Señor…)

Que la homosexualidad existe desde que el mundo es mundo, lo debería saber hasta el más obtuso e ignorante de los sacerdotes de este congal. Pero más allá de la preferencia sexual, está esto otro: no somos perritos, señores. Tenemos fantasías, ideas, imaginación. Además de aparearnos, hacemos otras cosas. Jugamos, deseamos, nos enamoramos. Es decir, además de seres sexuales, somos seres eróticos. Aunque claro, esto seguramente tampoco lo sabían, porque ellos no se imaginan ni fantasean nada, nunca, ni lo mande Dios. Pero démosle chance. Un cura de éstos “open mind” de los que dan pláticas de pareja (¿!) seguramente diría que sí, que el erotismo y todo eso está muy bonito, pero dentro del matrimonio. Vale. ¡Entonces dejen casarse a los gays! Ah, no, ¿verdad? Porque no pueden tener hijos… pero esperen un momento… ¡ya pueden! No, nonono, pero tienen que ser de ellos. De su sangre, de su carne, a su imagen y semejanza. Oigan, pero… ¿y entonces una pareja heterosexual que no puede tener hijos propios? Este… este… valores. Hay que tener muchos valores. Y fe. Mucho de eso.

Como sea. Señores católicos, las leyes de la naturaleza son anárquicas, imponentes e incomprensibles. La explosión de los volcanes y la formación de los tallos, las hojas y los géiseres nada tiene que ver con que dos hombres o dos mujeres se gusten. O sí. Lo que nada tiene que ver con eso, es Dios. O no como nos lo imaginamos. Tengamos un mínimo de sensatez y sentido común, por piedad. Hace QUINIENTOS años que Copérnico nos dejó clarísimo que no somos el centro del universo. Somos una pelotita ínfima, diminuta, flotando en medio de trillones de estrellas y años y milenios y gases y planetas y quién sabe qué más. No podríamos ni empezar a imaginarlo. Si acaso hay un ser, una fuerza, un algo, lo que sea, que está detrás y alrededor de todo eso, ¿de veras creen que está pendiente de si alguien come carne un viernes santo o cuánto dio de limosna o quién se coge a quién? ¿Es posible que más de un millón de personas en este planeta puedan afirmarlo? No me extraña que nos estemos yendo derechito al carajo. Y no sólo es la iglesia. Es que hay gente, con hábitos o sin ellos, que piensan que pueden atorarse a quien sea, embolsarse el dinero del vecino o de un país entero, desforestar, contaminar y mandar matar a quien amenace su carísimo patrimonio, porque siempre y cuando se confiesen y comulguen, todo está bien. ¡Qué peligro! Eso sí que es un peligro para la nación. (¡Peor que le narcotráfico!) Lo único que va a ocasionar la perpetuación de esta escoria en el mundo, es nada menos -qué ironía- que la destrucción garantizada de la vida. En todas sus formas.

Y ya entrados en gastos, esto va para todas las religiones. Marx lo tenía clarísimo. Y Nietzche. Pero no sólo son el opio del pueblo: las religiones son el aparato discriminatorio más rampante de este planeta. Cualquier persona, cualquier grupo de personas, que crean que poseen LA verdad porque DIOS se los dijo, a ellos y sólo a ellos, y todos los demás están idiotas, y les da permiso de imponer esa verdad a costa de lo que sea, son una amenaza más aterradora que cualquier virus y que cualquier misil. Nada más hay que hacer cuentas y ver cuántos muertos cargan los dioses de la historia a sus espaldas. Y aunque últimamente nos han metido en la cabeza que el islamismo radical está de miedo, no nos equivoquemos: la lógica es exactamente la misma. Si existe el Mal en esta Tierra, es éste.

Dios es el nombre que se le da a un autoritarismo que no puede imponerse por sí solo. Y el tema del autoritarismo siempre se reduce a lo mismo: el poder. Conservarlo. Amarrarlo. Y para que se conserve el poder, se tiene que conservar un orden de las cosas.

Volviendo al tema de los gays (que nunca hemos abandonado), Elisabeth Roudinesco lo explica muy bien:

“El gran deseo de normatividad de las antiguas minorías perseguidas siembra el desorden en la sociedad. Todos temen, en efecto, que no sea otra cosa del signo de decadencia de los valores tradicionales de la familia, la escuela, la nación, la patria y sobre todo la paternidad, el padre, la ley del padre y la autoridad en todas sus formas. En consecuencia, lo que perturba a los conservadores de todos los pelajes ya no es la impugnación del modelo familiar sino, al contrario, la voluntad de someterse a él. Excluidos de la familia, los homosexuales de antaño eran al menos reconocibles, identificables, y se los marcaba y estigmatizaba. Integrados, son más peligrosos por ser menos visibles.”

En otras palabras, mientras los homosexuales hagan sus “guarradas” escondidos y en la clandestinidad, no sugieren ningún peligro real. El peligro es que se integren a la sociedad y desde ahí cuestionen la Autoridad y la desarticulen.

(El libro se llama la La familia en desorden y a los representantes de Dios en la Tierra podría interesarles. Viene todo. Desde Edipo hasta el establecimiento del matrimonio por amor en los países “avanzados” del siglo XVIII, pasando por la estrepitosa caída del Padre hasta la inseminación artificial).

Esta cita de Roudinesco me recordó otra. “Si los hombres perdemos las pocas fuentes de superioridad que tenemos, vamos a empezar a hacer cosas indignas”. Eso lo dijo en los años cuarenta Aquiles Elordy, un diputado del PAN, como argumento para no otorgar el derecho a voto a las mujeres en México. Sí, caray… qué miedo da que las minorías ganen poder, ¿verdad?

Lo siguiente que voy a decir va a sonar a una barbaridad, pero la verdad es que tiene su punto triste el que los homosexuales, lesbianas, transexuales y transgénero se integren del todo a la sociedad. Una vez mi amiga Jasmine, lesbiana, de Montreal, me contó que el día que se aprobó la unión civil para los homosexuales por allá, salieron cinco pelados a las calles. Un porcentaje ridículo contra la cantidad de gente que se congregaba para las protestas y el reclamo de derechos. Sería muy triste que los gays perdieran todo el sabor de su sentimiento de minoría, de lucha, que al contrario de otras minorías más “enojadas” y más solemnes, tiene este punto lúdico y estridente con sus desfiles multicolor y sus besos en la calle al son de “Love is in the air”. Sería una pena que se volvieran serios. Que se volvieran rígidos. Que se volvieran… conservadores. Como los homosexuales que apoyaron a Geert Wilders, el político de derechas que promovió toda clase de amonestaciones, multas y bloqueos migratorios a los musulmanes en Holanda. Aunque también es verdad que los musulmanes estaban golpeando más gays en las calles que sacos en un ring… Sí, la humanidad es muy complicada. Mucho. Lástima que no haya Dios que nos vaya a venir a salvar. Ni modo.

Ya por último. Con el argumento anti-natura medio tambaleante, los representantes de la iglesia se vuelven de pronto expertos psicólogos, sociólogos y pedófilos, digo, pedagogos, y opinan que los hijos adoptivos de parejas homosexuales van a tener muchos problemas de identidad y de adaptación social. Eso, si no resultan ¡qué horror! homosexuales también. En mi humilde opinión, tal vez los hijos de familias homoparentales salgan medio hechos bolas y los muelan en la escuela (cada vez menos conforme se legitimice y se acepte la homosexualidad). Tal vez salgan medio histéricos, fans de los musicales y de la ópera. Igual les salen transas, bipolares, sacerdotes. Tal vez, como recién escuché, ¡hasta les salgan bugas! Pero al menos serán los hijos de dos personas que tomaron la decisión. Convencidos, dispuestos, con ganas. La vida no será ni más ni menos complicada que la de cualquier niño nacido y criado por un hombre y una mujer, católicos, casados, que sean sus verdaderos padres. Ese fue mi caso y llevo diez años en psicoanálisis…

26 de agosto de 2010 a las 16:11

JUEVES, 25 DE NOVIEMBRE DE 2010

La Pipa de la Paz

La humanidad ha comprobado, una y otra vez, que la prohibición no sirve para maldita la cosa. Es como un gran bache histórico que se calca a sí mismo generación tras generación. Los últimos meses, con la iniciativa ésta de prohibir la venta de comida chatarra en las escuelas para prevenir la obesidad infantil, me moría de la risa. No porque me dé risa que los niños sean obesos: es un gravísimo problema de salud; sino porque me imaginé, primero, a las empresas de frituras y golosinas poniendo mil trabas para llevarlo a cabo (lo cual en efecto ha sucedido), y después imaginándome al primer niño listo (o el papá), que encuentre la forma de introducir mochilas llenas de papas y Twinkis a la escuela, y los compre a escondidas hasta la maestra de inglés.

Al Capone es quizás el nombre más sonado en lo que al provecho de la prohibición se refiere. Sus twinkis eran el alcohol y las salas de juego. ¿Y qué pasó? El FBI lo persiguió hasta que lo pudo culpar por evasión de impuestos y lo refundió en Alcatraz (aunque murió en Miami Beach); el alcohol se hizo legal en Estados Unidos “hasta cumplidos los 21 años” (por lo cual tenemos a tantos gringuitos vomitando en las calles de Cancún en la primavera) y de aquellos tiempos terribles, mira por dónde, el cine se inspiró para crear joyas como Érase una vez en América, Los intocables y El padrino. Yo no sé si algún día se hagan películas maravillosas y conmovedoras sobre el Chapo Guzmán, Beltrán Leyva y Arellano Félix. Lo que sí sé es que esos tipos se lo han pasado mejor que cualquier astro de Hollywood. Mira por dónde.

Sin dar más rodeos, voy al grano. ¿Tiene usted idea, amable lector, a cuántas fiestas/convites/conciertos ha asistido la que suscribe en los últimos diez, quince años, donde NO haya circulado un porro, un gallo, un toque, un güiro, o como quien dice, un cigarro de marihuana? ¿Ya? ¿Hizo sus cálculos? Bien. La respuesta es: ninguna. Así como lo oye: ninguna. Lo siguiente que debe estar pensando es que seguramente mis amigos y conocidos son todos unos desobligados, zarrapastrosos, con los dientes podridos. A lo cual yo tendría que responder que si bien entre mis amigos hay personajes muy peculiares, todos y cada uno de ellos son profesionistas, productivos, algunos de ellos muy talentosos y, en general, sanos. (Salvo los que fumamos tabaco).

Recientemente, a uno de estos amigos se le sugirió escribir un texto en donde expresara abiertamente su uso esporádico y recreativo del cannabis, para reunir una serie de testimonios sobre “salir del closet” (en cuanto al uso de la planta, claro está) como iniciativa a favor de la legalización. Mi amigo se lo pensó y al final se negó. Su argumento no fue el miedo de que le cayeran en su casa cinco milicos armados a hurgar entre sus cajitas de Faros edición especial, sino que parte del “atractivo” que él encontraba en fumar marihuana, estaba justo en que fuera algo que conlleva cierto secretismo, cierta emoción de hacer algo que no es abierto y permitido. Muy válido. Por mi parte, la verdad es que llevaba un rato con ganas de decir unas cuantas cosas sobre el tema.

Podemos empezar por el principio. Por la planta.

Se llama cannabis sativa y también cáñamo, aunque el cáñamo también es el nombre de la fibra que se extrae de ella. Y sus virtudes son in-con-ta-bles. El cáñamo se explotaba hace miles de años en China y en otros lugares. ¿Sabían que las velas que trajeron a Cristóbal Colón a América estaban hechas de cáñamo? Por lo visto es un material extraordinariamente resistente. Tanto que a los industriales gringos de los años treinta, que querían potenciar las nuevas fibras sintéticas como el nailon, no les gustó nada la competencia. ¿Tendrá eso algo que ver con la confusa política de prohibición de la marihuana que se dio justo por esos años? Nunca lo sabremos…

El cáñamo tiene muchos otros usos y aplicaciones. Se pueden fabricar: lubricantes, plásticos, celulosa para papel, ropa, forraje para animales, biomasa para calefacción, jabón, fieltros, pinturas y barnices. Las semillas de cannabis son el alimento vegetal con mayor valor proteínico que se puede encontrar en una sola planta. Tienen Omega3 y Omega9, que además de nutritivos, pueden prevenir artritis y reumatismos. Según se procese, puede ser más suave, aislante, absorbente y duradera que el algodón. Además, una hectárea de cannabis produce el doble y no requiere químicos ni pesticidas. Como biocombustible es lo más ecológico que se puede encontrar: ¡funciona en motor diesel! Cualquier plástico emulado a partir de cannabis, es directamente biodegradable y reciclable. Para hacer papel, no tiene igual: produce el cuádruple que una hectárea de árboles. Además es más resistente que la pulpa de madera, no necesita ácidos ni cloro, y aguanta siete reciclajes (la madera aguanta cuatro). Por si fuera poco, mejora la calidad del suelo donde se planta. Y así solita, en su forma natural, se usa para el tratamiento del glaucoma, insomnio, náuseas y vómitos asociados a quimioterapia, esclerosis múltiple y neuropatías. Además es un gran analgésico.

Pero es ilegal…

Y la policía la busca, la encuentra, la arranca del suelo, y la quema. ¡La quema! ¿Por qué?

Aguilar Camín dijo hace poco que quitarle la libertad a alguien por cultivar cáñamo era lo mismo que quitarle la libertad por cultivar lechugas. Yo diría que es mucho peor. Y les preguntaría a los perseguidores, usando sus propias palabras, si están fumados o qué.

Pero la pregunta es seria: ¿Por qué una planta tan dócil y tan generosa puede ser tan perseguida? Porque la cannabis sativa, según su variedad, puede presentar un principio activo llamado TetraHidroCannabinol (THC), que tiene efectos… ¡qué miedo! …psicoactivos. Dicho principio activo se encuentra en la flor de la cannabis, también conocida como cogollo; o en su resina, llamada comúnmente hachís.

Esos efectos psicoactivos no los voy a explicar. A quien quiera averiguarlos, le recomiendo que la pruebe. A lo mejor no le gusta, a lo mejor sí. Lo que es seguro es que no se va pirar, no va a terminar babeando en una esquina recolectando moneditas para darse otro jalón, y, con total seguridad, no se va a morir.

A propósito de morirse, perdón que saque a relucir unos datos tan necios y tan sabidos, pero es inevitable. El alcohol. Muertes por cánceres de esófago, de hígado, cirrosis, accidentes de circulación, lesiones voluntarias y homicidios: casi dos millones de víctimas al año en el mundo. Tabaco. No voy a enunciar todos los horrores causantes de muerte porque ahora mismo hay seis colillas rebosantes de legalidad reposando en mi cenicero. Pero mata un promedio de 8,4 personas por año. Segunda causa de mortalidad en el mundo. Y Phillip Morris, cagado de la risa. ¿Qué por qué no lo dejo? Porque soy una adicta crepitante, enclenque y desesperada. ¿Quieren una droga fea? Es ésta. (Y para colmo, no pone).

El argumento principal contra la marihuana es que es “la puerta de entrada” a todas las demás drogas. Puede ser. No voy a rebatir ese argumento, aún cuando me parece bastante simplista y carente de imaginación. Pero pensando en que así fuera, conozco:

a) Personas que han fumado marihuana muchas veces, a lo largo de muchos años, y no han probado ninguna otra droga.

b) Personas que han consumido marihuana y experimentado con otras drogas sin suscribirse a ninguna de éstas.

c) Personas que consumen marihuana y otras drogas, de manera recreativa, y siguen chambeando, pagando impuestos y haciendo sus cosas.

d) También conocí y quise muchísimo a una persona que seguramente empezó con porros y se murió de un pasón de heroína. Pero que además se murió junto con otros cinco cuates que le compraban al mismo dealer. Es decir, en realidad no se “pasoneó” (porque además la fumaba, y de ese modo es muy difícil llegar a una dosis letal), sino que fue víctima de una tanda adulterada. Justo ahora, leyendo sobre estas cosas, me entero que el 80% de muertes por sustancias se debe a la falta de acceso a dosis estandarizadas. Como haya sido, lo jodido no fue tanto cómo se murió, sino cómo vivió. Y vivió mal desde que nació.

El problema no son las sustancias, nunca lo han sido y nunca lo serán. El problema son las personas. Sus historias, sus rollos, sus circunstancias. Y partiendo de todo ello, sus elecciones. El ser humano ha consumido y experimentado con sustancias psicoactivas desde que habita esta Tierra. El acceso a ellas está ahí, inevitablemente, y siempre va a estarlo. ¡Y qué bueno! Imagínense este mundo sin la posibilidad de sentir diferente, de percibir diferente, de enloquecerse un poco. Sería tristísimo.

Ahora mismo, por más que se maten en México de cuarenta en cuarenta, por más millones que se gasten, por más que les paguen otro poquito al cuerpo policiaco (que siempre será una miseria en comparación con la miseria por la que se corrompen), la cosa es así: en este instante, allá afuera, hay de todo. Rápido. Pronto. Así de crudo y así de simple. También hay donas de nuez y trenzas glaseadas en el café de la esquina. Eso no significa que sólo porque las haya vaya a ir corriendo a atascármelas. (Aunque seguramente si me prohibieran comérmelas, lo estaría pensando).

Y aquí tengo que aclarar algo importante. Yo no digo que el cannabis sea para todos. Cada persona es diferente, cada organismo es diferente. Mi hermana mayor no puede ni oler un chocolate y la otra no puede comerse una cereza envinada. Hay para quienes el amor puede ser la droga más peligrosa y destructiva que prueben en su vida. Aunque la marihuana estrictamente no genera adicción física, son muchas las razones por las que una persona puede engancharse a una cosa. No pretendo promover el uso del cannabis ni intento decir que quien sea que pruebe la marihuana se lo va a pasar bien (aunque es probable); no tengo puesto ahora mismo un gorro de colores ni estoy oyendo a Bob Marley mientras escribo esto (aunque no sería mala idea). Es más. Ni siquiera estoy fumando mota, porque para escribir no me funciona: me divaga. También me agota y reconozco que merma mi productividad. Pero si de algo estoy convencida, es de que NO es una sustancia equiparable a la cocaína, a las anfetaminas y mucho menos a la heroína. Ni remotamente. Nadie se ha muerto sólo por fumar marihuana. Busquen a ese muerto por donde quieran. No lo van a encontrar.

La generalización es uno de los errores más comunes y más peligrosos que comete nuestra especie. La generalización consecuenta el racismo, la endogamia, el odio y la discriminación. Decidir que una sustancia es mala para TODO el mundo y prohibirla para todo el mundo, a lo mejor salva a un chavo de morirse en un accidente porque se puso morado de porros y alcohol; pero también puede quitarle a una persona enferma la posibilidad de alivianarse unas náuseas y unos dolores terribles. En cualquier caso, es una cuestión de elección personal. Dejen que los adultos decidan por sí mismos, y dejen que a los menores los guíen sus papás. Es un volado, en efecto. Pero más, no se puede hacer. Créanme.

Señor Calderón, usted debería saberlo bien: el ocio es el mejor amigo del vicio. Mientras usted envía a sus heroicos ejércitos (que por cierto parecen necesitar un oftalmólogo, porque a cada rato se andan cargando civiles “por accidente”) a capturar narcos (que no es que tengan más armas: tienen submarinos), hay siete millones de jóvenes en México que no pueden estudiar ni trabajar. ¿Quiere saber lo que va a pasar con esos chavos? Unos se van a ir al otro lado (si es que no se mueren en el intento), otros se van a quedar haciendo trabajos espantosos, y otros se van a meter hasta el cepillo y se van a tomar hasta el agua de los floreros, y van a robar y a secuestrar para hacerlo. ¿Quiere luchar contra las adicciones? No luche contra las drogas. Es inútil. Luche contra el ocio. Yo sé que usted tiene muchas presiones, que la relación con los Estados Unidos debe ser más importante para usted que la relación con su familia, que seguramente sueña cada noche con el zar anti-drogas Kerlikowske. Pero es una vergüenza que allá se esté consumiendo alegremente el 80% de los narcóticos producidos en México, y en México nos estemos muriendo de hambre y matando a balazos. No sé usted, pero yo todo esto lo encuentro muy confuso, por no decir demencial. ¿Quiere ser un héroe? Legalice la producción, comercialización y consumo personal del cáñamo en México. Deje de quemar esas plantas y regáleselas a los mexicanos. ¿Qué ya no se puede echar para atrás porque qué oso? Le aseguro que no va a pasar de una semana de periodicazos, y muchas generaciones se lo van a agradecer. Aunque no consuman marihuana.

El cannabis genera tanta ambivalencia que todos los gobiernos del mundo van y vienen en sus leyes prohibicionistas, cayendo y recayendo en vacíos legales e inconsistencias. En muchos países no es que sea “legal”, pero se ha despenalizado la posesión personal en ciertas cantidades. En México, por ejemplo, desde el año pasado puedes tener cinco gramos de marihuana en tu casa y no te pueden meter al bote. (Y otras sustancias en menores dosis). Lo mismo pasa (con distintas cantidades) en Argentina, Brasil, Perú, Colombia, Chile y en algunos países de Europa. Eso es justo lo que se pretendía, y no lo que se dice legalizar, con la propuesta 19 en California. Lo raro de esta aprobación para el autoconsumo es que el tráfico sí está penalizado, y con ello se asume el traslado del producto. Entonces… ¿cómo le hago para hacer llegar esos cinco gramos a mi casa? Supongo que cultivándolos yo misma. Pero si el cultivo también está prohibido… ¿entonces cómo? ¿Será el momento de llamar a Harry Potter? En California y en otros trece estados de allá arriba, está permitido el uso del cannabis medicinal. También en Canadá, Alemania, Austria, Holanda, España, Israel, Finlandia y Portugal. Bien por ellos. Canadá (otra vez la progre Canadá), Francia y Suecia se vieron listos y tienen industrias dedicadas a la producción de los derivados del cáñamo. Pero en todos estos lugares, el tráfico y el comercio están también penalizados. Y en el resto del mundo, ni hablar del peluquín: te ven con un gallo y te encarcelan. En algunos países hasta seis años, si es que no te matan directamente. Y aquí me asalta una duda. Se supone que la libertad termina cuando se coarta la libertad de otro. Ahí está el límite, a partir de ahí se pondera un delito, un crimen. Pero a menos de que alguien obligue, amenace o amordace a otro para que se de un jalón, ¿dónde está el crimen? El argumento legal contra el consumo es atenta contra la salud pública. Primero, ¿y esa Salud Pública, quién es? No sé ustedes, pero yo nunca la he visto. ¿Será simpática? Y segundo: si vamos a juzgar delitos contra la salud pública bajo esos términos, que encarcelen entonces a cada gordo que vean comiéndose unos cueritos y una torta de tamal.

Todo el mundo sabe que en Holanda es legal comprar y consumir marihuana en los Coffee Shops (por cierto, los dueños están forrados); pero un caso interesante es el de Portugal. Cuando Portugal tomó la decisión de discriminalizar el uso de drogas, tenían el consumo más alto de Europa. Hoy en día, en el uso de la marihuana tiene la tasa más baja entre los 14 países. Ojo: discriminalizar no es lo mismo que legalizar. Pero si te agarran poniéndote hasta las cejas de ácidos en un parque, no te meten a la cárcel. Te ofrecen tratamiento médico y asesoría psicológica. Mismos que puedes rechazar, porque es un programa voluntario. No sé que opinen, pero eso es a lo que yo llamo cordura civil.

El control del Estado sobre las drogas es básico para cualquier gobierno. Por la misma razón, yo no alcanzo a comprender cómo es posible que los gobiernos no dimensionen los beneficios de liberar el cultivo y la producción de la planta de cannabis. (¿Estarán marihuanos?) A menos de que la ecología no les interese en lo absoluto (lo cual han ido dejando bastante claro con el tiempo) y/o estén tramando algo muy oscuro, como esperar a que todo el ecosistema se vaya al traste para poder cobrar el agua a cincuenta dólares el vaso. Pero no hay tiempo para teorías de conspiración. Lo que es un hecho es que con la sola explotación inteligente del cáñamo, al menos en México:

Se reactivaría el raquítico y desastroso campo de este país. Vaya, hasta con el aceite de las semillas se podría alimentar gente.

Se generarían un montón de empleos. Aunque se alega que la infraestructura para la explotación de la planta es cara. ¿Y? Con el dinero que se está gastando en las otras tonterías que ya me da flojera volver a enunciar, sería más que suficiente para echar a andar algo. Hay muchos usos y aplicaciones de dónde escoger.

Buscan “desesperadamente” un sustituto de hidrocarburo para el petróleo. ¡Ahí lo tienen! Y no tienen que comérselo, no tienen que fumárselo, no tienen que ponerse pachecos ni avergonzar a sus madres, nada más explótenlo.

El cáñamo se corta anualmente. Pero además la bendita planta no nada más crece fuera: se puede cultivar en interior.

Y si sólo les interesan los cogollos y su temido THC, fantástico. De entrada, lloverían los turistas.

Se descongestionarían las cárceles (recinto número uno de los narcóticos, por cierto). Además, si se reducen los costos de producción e intermediación ilegal, seguro bajarían los precios. Esto evitaría, de entrada, que mucha gente robara para darse un toque.

Ahora mismo, los únicos que se benefician con la prohibición son los Grandes Narcotraficantes. Los meros, meros. Esta guerra necia lo único que está haciendo es quitarles de en medio la competencia. Nada más para que se den una idea, el tráfico de drogas supone el 8% del mercado mundial, comparado con la industria textil. Las ganancias y el lucro son de infarto. Nada más para hacerles pasar un coraje a estos cuates, valdría la pena.

Uno de los argumentos que dan nuestros flamantes diputados y senadores en contra de la posibilidad de la legalización, es que los narcos seguirían vendiendo cannabis y más barata. Eso ya sería su problema. El grueso del negocio estaría regulado. Y hasta donde yo sé, cuando se hizo legal el alcohol, ningún secuaz de Al Capone se puso a vender anforitas de ron de a dólar en las esquinas. Si acaso, el único inconveniente real de legalizar la marihuana, es que los delincuentes “legales” de este mundo, o sea los corporativos y las tabacaleras, se apañarían la industrialización y la comercialización; la tratarían, la rebajarían, y terminaríamos consumiendo cajetillas muy bien diseñadas con cigarritos 25% cannabis. Pero es un riesgo que hay que correr.

La legalización de la marihuana es imponderable por donde se mire. Su afán de colocarla a la par de otras sustancias mucho más fuertes, claramente dañinas (aunque quizá no mucho más que unas pastillas para adelgazar, y en muchos casos no más que el tabaco o el alcohol), es el resultado de no sé qué tipo de retorcidos intereses, y claramente de un afán represor que se terminó de instalar en los años sesenta. Una década decisiva en que los jóvenes del mundo (junto con algunos médicos, obreros y maestros) se pusieron a protestar porque ya estaban hartos de vivir con la pata del Estado en la cara. Y porque, aunque suene cursi, querían vivir en un mundo mejor. Unos nada más se pusieron flores en la cabeza y se fueron a oír conciertos en caravanas y a darse unos pases de todo lo habido y por haber; otros marcharon, gritaron y aventaron un par de granadas. Pero el castigo fue parejo para todos. Y fue sin piedad. Desde entonces, la marihuana quedó asociada a eso: al alebreste, a la protesta, al portarse “mal”. Es ese mensaje, y no el de que “destruye la salud” lo que propagan en el fondo las campañas mediocres de TV Azteca y los chismes de los marihuanos violadores satánicos primos del Chupacabras o como ciertos conservadores prefieran nombrarlos. La hierba está vinculada en el imaginario colectivo a las cosas feas que un joven hace para merecer el castigo de su Papá. La clase de Papá con doble moral que por otro lado se enorgullece cuando su hijo se pone una borrachera y va a su primer putero. Lo sorprendente es que Papá Estado lo hizo bien. Se cubrió de laureles con la libertad de expresión y el derecho a huelga, nos llenó la cabeza con comerciales de la tele aderezados de progreso y crecimiento económico, consiguió hacer creer a muchos que fumarse un gallo es peor que comer ratas crudas, y mientras tanto sigue haciendo con nosotros lo que se le da la regalada gana. Ojalá hoy tuviéramos las agallas de plantarnos como lo hicieron esos jóvenes hace cuarenta años. La cosa es que ni siquiera hace falta. ¿Para qué? Al fin y al cabo podemos hacerlo todo a escondidas…

Eso es lo único que pasa con lo prohibido: que se hace a escondidas. Casi siempre con riesgos. Lo legal por lo menos ofrece elección, alternativas, vías. El aborto es un buen ejemplo de esto.

¿Habría que legalizar todas las drogas? ¿Cómo controlar ese monstruo tan complejo que son las sustancias? ¿Quién las elaboraría? ¿Cómo se venderían? No lo sé. Señores legisladores, esa es su chamba. Es mucho más fácil colgarse de la prohibición y aventarle el paquete al sistema penal y a la Señora Doña Salud Pública que ponerse a discurrir, organizar y regular. Pero no se preocupen. Pueden empezar nada más por el cannabis. Con eso ya tienen para divertirse un rato. Seguramente la principio va a ser un desmadre, pero si no, no sería un verdadero cambio, ¿verdad?

Vivir es un peligro. Por más seguridad que se busque, se procure y se trate de imponer. Estamos en un momento crucial de nuestra historia. O nos dejamos de preocupar por estupideces, o de veras nos va a llevar el diablo. En lugar de pensar a quién nos chingamos y por qué lo encerramos, sería bueno sentarnos a observar la Gran Psicosis en la que habitamos, y decidir si es por ahí que queremos seguir como especie. En un mundo donde a los niños les da diabetes por tragar porquerías pero los que venden golosinas se gastan medio millón en hacer un comercial; donde los individuos miden su valía en función de lo que pueden gastar y consumir, ciegos ante la horripilante destrucción que implica, por más bolsas verdes que usen. Donde los países ricos explotan y agotan a los países pobres, y luego se quejan de los inmigrantes. Un mundo donde casarse entre gays es malo y pesar cuarenta y cinco kilos es deseable; donde niñas de catorce años se operan las tetas o las apedrean por adulterio. Donde se prohibe el condón pero se puede solapar por décadas a un violador de niños; donde se puede jugar X Box en línea con un alemán, un chino y un blega, mientras que el 50% (sí, el cincuenta por ciento) de los habitantes de la Tierra no han hecho ni recibido una sola llamada telefónica. Donde asesinar a otros seres humanos es “necesario” pero la marihuana es el demonio. Un mundo acomodaticio y borreguil en donde seguimos absurda, inconcebiblemente, aceptando con tranquilidad la guerra.

Sin tomar fusiles, a mí me gustaría un mundo de veras libre, inclusivo, respetuoso; donde las leyes sirvan para regular y no para prohibir, donde más gente tenga acceso a más cosas. A experimentar, a quererse, a parir o adoptar o a ninguna de las dos; a vivir, trabajar o estudiar en lo que quiera y donde quiera, a explorar con el cuerpo y con la mente, a viajar con el propio tiempo. Donde la tierra se cuide y se venere. Donde uno pueda hacer tonterías, equivocarse, ponerse al límite. Pero a partir de uno mismo. No de lo que los medios dicen. No de lo que los gobiernos permiten. Un mundo con menos razones y con más cabeza. Con más corazón.

Para terminar, cito a Pata Negra, con un estribillo que es de lo más sabio que he escuchado en la vida:

Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda.

Amén.


 
 
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