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La primera vez que vi el programa fue en el laboratorio de tele de la Ibero. Carolina Rivera fue a presentarlo cuando tomábamos la materia de televisión con Guillermo Arriaga. (Sí, Guillermo Arriaga, el escritor, que también dio clases muchos años, y me dio mi primera carta de recomendación). 

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Bizbirije me voló por completo la cabeza y en ese momento declaré en voz alta: “yo quiero trabajar ahí”. No sucedió de inmediato. Primero tuve que graduar lentes en una óptica, ser mesera un verano y rotar por todos los puestos de una productora de comerciales, donde terminé dibujando los storyboards. Pero cuando finalmente me hicieron la prueba para el D.I.S (Departamento de Investigaciones Secretas) y me contrataron en Bizbirije, fue uno de los días más felices de mi vida universitaria. 

 

La mesa de escritores la llevaba Rosalba Castellanos, una dramaturga que repetía la palabra “catarsis” con el pelo cayéndole en la cara, y podía transformarse en una niña de diez años a voluntad; también estaba la arrebatada Nadia González, y Rubén Gómez, que tenía una creatividad explosiva y un entusiasmo que contrastaba con las vicisitudes que todo el tiempo le ocurrían. 

 

Once Niños crecía y crecía. Llovían solicitudes para la credencial de reportero y los niños cantaban con Luis Pescetti mientras hacían Bizmaginarios y Figurabiz y veían Mona la Vampira, Pingu y el mundo de Beakman, estupendas adquisiciones de la barra. También en esa época se producía Camino a Casa. Todo nos lo inventábamos. Las adivinanzas, los casos y los trabalenguas. Por un tiempo, hasta mi sobrino Diego fue conductor de Bizbirije. 

 

En el rincón fumador de Canal Once le conté a Rosalba, mi jefa, que quería irme a estudiar un año a España. Planeaba vender mi coche para pagar la escuela y tenía dónde vivir pero no cómo sobrevivir. Ella logró que conservara mi trabajo, enviándole puntualmente los guiones por mail. Fue un prototipo del trabajo a distancia que se popularizaría hasta muchos años después. Mis clases del máster eran por la tarde así que me pasé un año con horario de velador, escribiendo guiones de noche y durmiendo de día. Pero fuera de eso, funcionó de maravilla. 

 

Rosalba me visitó en Madrid ese verano y nos tomamos muchos vinos y tequilas. Todavía lo hacemos de repente.  

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Once Niños ganó muchos premios, entre ellos el Gran Premio de la Juventud por la UNESCO. Bizbirije ganó en varias categorías del Festival Prix Jeunesse de televisión infantil.

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El Diván de Valentina comenzó con una experiencia agridulce. Llevaba un año viviendo en Madrid, y cuando regresé a México para la boda de una amiga y anucié en el Canal Once que quería quedarme otro año en España para escribir una novela, a la jefa no le gustó. La jefa de entonces era Patricia Arriaga. Una mujer imponente, guapísima, vestida de negro riguroso, con un horizonte creativo que incluía los mejores trabajos para niños de todo el mundo, y que había sido artífice de toda la barra infantil del Canal Once. Y Patricia dijo “No”. 

 

Yo me regresé a España de todas formas, sin saber de qué iba a vivir. Escribía en revistas y hacía pininos en publicidad sin sueldo mientras mis pocos ahorros y el anticipo de la novela iban consumiéndose alarmantemente. Entonces Patricia me escribió desde México y me encomendó la escritura a distancia de varios capítulos de El Diván de Valentina. 

 

Era una serie preciosa, con un gran trabajo pedagógico detrás, que conectaba con el espíritu joven de todos los integrantes de la familia Valdez Valdivia y de las familias que la veían en la tele, también. Tuvo tanta resonancia que sigue siendo uno de los proyectos donde he participado que más gente reconoce. (Lo que son las cosas... Irene, la actriz que hacía de Valentina, vive en Tepoztlán, igual que yo, y fabrica una cerveza buenísima). 

 

Patricia era exigente. Me pidió muchas reescrituras. Creo que quedó contenta porque después del Diván, comenzó una colaboración con ella que duró muchos años, y fue el principio de una amistad que perdura hasta hoy. 

 

El Diván de Valentina también ganó en el festival Prix Jeunesse en la categoría de ficción, y fue finalista en Banff y el New York Festival.

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La Fonda Suicida, le decía el crew. Fue un reto gigante, el primer sitcom  original hecho en México. Es decir, no uno derivado de series gringas adaptadas. Patricia Arriaga estaba a la batuta y me nombró jefa de escritores. Fue la primera vez que ocupé ese puesto.

 

El equipo rotó en las tres temporadas que escribimos. Estuvieron Emmanuel Caballero, Rafael Tonatiuh, Rodrigo Ordóñez, Jorge Hill y el fabuloso novelista Jaime Alfonso Sandoval, estrenándose como guionista. Después llegó Javier Peñalosa, que sólo había escrito poesía y “cuentitos”, como él decía. Le hice una prueba que exhudaba talento, lograr sus guiones le costó su curva de aprendizaje. Hoy es uno de los guionistas más picudos de México, además de un gran poeta y novelista infantil. No hemos dejado de trabajar juntos y de querernos con todo el corazón. 

 

Con el equipo de la Fonda hicimos un largo y minucioso desarrollo creativo en Bravo Films donde afilamos cada rasgo y neurosis de lso miembros de la famlia Susilla, y estudiamos muchísmo sobre escritura de comedia de situación. Todavía me acuerdo de la regla de tres: planting, setup, punch; y de usar palabras con sonoridad “p, t, q, ch”.

 

La producción estuvo a cargo de Bárbara Mancilla y Alonso Ruizpalacios se estrenó como director en televisión. Venía de estudiar en Londres y con el tempo de la comedia inglesa dirigió formidablmente a un cast que incluyó a Karina Gidi, Marianela Cataño y Diego Jáuregui.

 

Los ensayos generales se hacían con público, para medir sus reacciones. Todos los escritores nos sentábamos entre la gente invitada con nuestro guión impreso para marcar cuánto se reían con nuestros chistes, y terminando el ensayo nos encerrábamos a mejorar los que no habían tenido tan buena recepción. Salíamos ya tarde en la noche, y yo todavía tenía que llegar a casa a corregir y dejar los guiones listos para que Bárbara los tuviera a primera hora del día siguiente para la grabación. Fue muy intenso, muy exigente y muy divertido. 

 

La Fonda Susilla tuvo grandes fans y fue finalista en The New York Festivals International Broadcasting Awards. 

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